La primera imagen que se nos viene a la mente al hablar de este país son sus paisajes fríos, pero por cierto en
Canadá hay mucho más que bosques y montañas por descubrir. Antes de que Colón llegara a América, tribus indígenas habían creado su mundo en estas tierras. Los vikingos fueron los primeros en descubrir las lenguas, leyes y ceremonias que los nativos habían imaginado. Desde entonces, pasaron más de dos mil años, hasta que Francia y Gran Bretaña hicieron sus reclamos. La fusión entre los indios, los franceses y los ingleses creó una combinación de tradiciones, que otorgó al territorio un carácter tridimensional. A este ambiente de sabores multinacionales hay que agregarle las costumbres que EE.UU. fue contagiándole. Los inmigrantes latinos y asiáticos aportaron sus elementos a la mezcla y así nació una sociedad de múltiples perfiles, que ha sabido integrarse para sintetizar lo mejor de cada raza. Un espíritu particular ha reinado sobre estas tierras de cultura. Canadá tiene personalidad propia. Si bien sus ciudades tienen un sabor europeo, la identidad del estado se basa en las tradiciones nativas.

El Pacífico choca con las montañas de su costa oeste y el Atlántico baña su otra rivera de playas blancas. Entre medio de los dos océanos también hay agua: cientos de lagos y de ríos corren de lado a lado esquivando los bosques de pinos. Tantas especies vegetales crean un ecosistema ideal para osos, lobos y coyotes. Todo un tesoro natural, resguardado por varios parques nacionales. El Este nos recibe con sus grandes ciudades y el Oeste nos intimida con la altura de sus montañas. La región Ártica permanece congelada la mayor parte del tiempo. Sus glaciares nos llaman desde su frío para pasar unos días en el mundo del hielo. Canadá tiene un paisaje azul, que durante primavera se tiñe de verde, aunque en realidad cambia más con la latitud que con el correr de los meses. De allí que no es accidental que el sur sea la región más poblada pues la gente se amontona en la zona más cálida evitando el frío de las ciudades que están nevadas. El aire puro inunda los pulmones. Muchos dicen que su atmósfera tan natural ha sido la responsable de que en estas tierras nacieran grandes escritores. Otros opinan que es su naturaleza la que ha apadrinado a sus tan famosas orquestas. Las letras y la música invaden el ambiente, inundando las ciudades de elegancia. Aires de sofisticación se respiran en sus calles, entre vientos fríos que traen distinción. Canadá es sinónimo de los teatros más exclusivos y de los acordes más finos. Todo el glamour de los franceses ha encontrado el mejor hogar en estas tierras. Su entorno cosmopolita se desborda entre una naturaleza imponente. En sus ciudades impecables se combina el lujo con los aromas a tradiciones antiguas: los quesos caseros y las recetas más originales de mariscos, en un entorno azul que se queda estático al ritmo de la música clásica.
CALGARY 
Nace a espaldas de los montes canadienses del sur, pero sus tierras son absolutamente planas. Todo parece haberse combinado en un solo lugar para crear esta ciudad con un alma tan particular. Tranvías, cowboys y las más originales tradiciones convergen en estas llanuras. En la conjunción de sus dos ríos, Bow y Elbow, se asentaron los nativos. Creció gracias a sus yacimientos de petróleo, la clave de su progreso. Pero a pesar de haberse convertido en una ciudad que alberga a casi un millón de habitantes, su gente no ha perdido la calidez, transformando a Calgary en un "enorme pueblo industrializado". Una vuelta por sus calles nos hará testigos de esta combinación entre arquitectura antigua y modernos edificios. Calgary es sumamente ordenada e impecable, reflejo de la rectitud de sus habitantes. El fervor por conservar los orígenes los ha llevado a concretar expediciones arqueológicas, siendo hoy uno de los centros más importantes del mundo en el estudio sobre los animales prehistóricos. Fue sede de las olimpíadas de 1988 y, a modo de recordatorio de semejante honor, se ha creado un parque que hoy es una de las principales atracciones. Por su villa olímpica y por sus equipos de hockey y fútbol atrae a muchos deportistas. Salpicada de museos, de jardines botánicos y de ferias, nos propone algo diferente en cada cuadra, como por ejemplo, meternos en su mundo subterráneo y recorrerla por los túneles que se han creado para defenderse del frío.
CHARLOTTETOWN 
Un mar azul llega a sus playas blancas, que tienen como telón de fondo los más altos bosques. Cientos de pájaros nos invitan a seguir su vuelo para internarnos en sus ecosistemas. El silencio sólo es interrumpido por el agua que desemboca en algún agitado río o choca contra las piedras de la costa. Charlottetown es tierra de aguas, y tiene ese tono intenso y frío, salpicado del verde de los pinos. Aquellos interesados en unas vacaciones para descansar encuentran en Charlottewon su destino ideal. Un escenario natural inmejorable proporciona la tranquilidad necesaria para un auténtico relax. La cuidad nos invita a conocerla por tierra firme pero también nos tienta a lanzarnos a sus aguas: un paseo por los ríos internos nos llevará hasta los mejores paisajes. Una vez en mar adentro, el mundo submarino espera ser descubierto. Para los que prefieren quedarse en la superficie, la velocidad de sus cursos obligan a probar con el kayac. Esta cuidad del sudoeste de Canadá cobra vida en su puerto, dueño del paisaje más privilegiado y de las visitas más interesantes. El encanto de su rivera la transforma por momentos en un pintoresco pueblo de pescadores. Pero cuando avanzamos unas cuadras, la atmósfera pueblerina desaparece por completo y nos encontramos con todo su glamour. Se trata de una ciudad anfitriona de museos, galerías y restaurantes. La mejor velada se disfruta en un restaurante distinguido en la orilla del mar, al ritmo de música clásica y probando su más exclusiva especialidad con langosta. La mejor manera de aprender acerca de la ciudad es recorrerla a pie. Un mapa será guía suficiente para explorarla por cuenta propia.
EDMONT
El boom del petróleo atrajo a sus primeros habitantes. Poco a poco la ciudad se fue transformando de la mano de la evidente industrialización que conlleva la posesión de este recurso. Hoy es la capital del petróleo canadiense. Es muy interesante observar la peculiar manera que encontró Edmonton para que su perfil urbano no arrasara con su belleza. Por el contrario, los nativos se preocuparon por convertirla en una ciudad de bosques encantadora: un infinito parque a lo largo de la rivera de la bahía de Saskatchewan fue el encargado de conservar intacta su belleza natural. Semejante espacio verde contrasta con la agitada vida industrial de la quinta ciudad más importante de Canadá. Edmonton guarda celosamente sus construcciones antiguas y trabaja para que los rincones históricos sean restaurados y eternamente conservados. Pero sus infinitas avenidas y los exclusivos negocios revelan que no se trata de un pequeño pueblo: en las calles céntricas se concentran restaurantes de categoría, teatros y museos, que dan a la ciudad un aire de sofisticación. Entre los edificios aparecen gigantescas pirámides de vidrio, que nos anuncian la existencia de algún jardín de invierno. Así uno puede ir caminando por la ciudad y de pronto introducirse en un inmenso botánico para limpiar sus pulmones. Estos planetas florales constituyen un recreo para la rutina de sus habitantes. En cada una de sus plazas cobra vida el arte y, aunque parezca un tanto paradójico, tanta cultura tiene como telón de fondo al shopping más grande del mundo. En su atmósfera se entremezclan la elegancia, las esquinas vetustas y los altísimos árboles, que dan la espalda a los vapores de las chimeneas de su agitada vida industrial.
MONTREAL 
Mucha gente la confunde con la capital de Canadá, porque junto con Toronto son las urbes más atractivas del centro-este canadiense. Es la segunda ciudad de habla francesa más grande del mundo, pero a pesar de su intensa actividad financiera, Montreal respira calma e inspira tranquilidad. Su un ambiente romántico, sus construcciones medievales y su realidad bicultural sumergen al visitante en sensaciones poco comunes. Montreal ha superado los 350 años de vida, y aún continúa siendo un centro económico y cultural que impacta al mundo con su extrema prolijidad y sus aires melancólicos. Los tintes europeos de su arquitectura unidos al frío de su atmósfera recrean un paisaje que sólo es animado por la cordialidad de su gente y el calor de sus noches interminables. Sus rasgos helados han concebido un universo de ambientes interiores, vidrios empañados y chimeneas. Los locales viven sus días adentro, amparados desde afuera por un paisaje que los despierta con su grandeza. Se trata de una ciudad construida por islas. Son más de veinte puentes los que van uniendo las tierras a un lado y al otro del río san Lorenzo. Desde las aguas internas vierte el romanticismo, que combinado con la tenue música y las galerías de arte, hacen de Montreal un perfecto lugar para soñadores y diletantes. Su bohemia no sólo hipnotiza a los enamorados, sino que pierde a cualquiera que sepa apreciar la distinción europea y el encanto de Canadá. Y sobre todo, atrae a los viajeros que sueñen con transitar paisajes nórdicos hasta desembocar en el Atlántico, o a aquellos que prefieren emprender el rumbo oeste en una larga ruta hasta Vancouver. Recorrer sus barrios es ir entremezclándose con indios, chinos y europeos, recrean en cada distrito un país bien diferente. Los olores de las comidas de todo el mundo nos tientan a disfrutar de una buena mesa, que será acompañada por excelentes vinos. Así nuestros recuerdos canadienses tendrán un gusto multicultural y, sobre todo, un sabor delicioso. Lo cierto es que esta París norteamericana o esta Nueva York afrancesada atrapa con su distinción y elegancia en medio de un escenario de bosques, laderas y mucho blanco.
NOVA SCOTIA 
Un pequeño istmo une a la península de Nova Scotia con el resto del país. Se trata de un terreno muy irregular: bahías, golfos e islas sobre el Océano Pacífico. Su entorno urbano pretende hacernos olvidar de sus orígenes marítimos, de las épocas en las que Nova Scotia vivía de la pesca. Pero a pesar de su extensión y de su ritmo de gran ciudad, en lo más íntimo guarda la magia de un pueblo. Y no todo es tecnología: los aires antiguos se respiran en numerosas esquinas, reflejos de una tierra con historia. Los primeros en maravillarse de sus paisajes, fueron las tribus de cazadores que hace más de tres mil años se asentaron en sus costas. Llegaban en canoas y venían en busca de animales salvajes y pescado fresco para alimentarse. Recién hacia el 1500 llegaría el primer europeo, y allí comenzaría la rivalidad entre ingleses y franceses por la península. Como un recuerdo de estas épocas, hoy los locales son bilingües, y es esta particularidad la que se encarga de mantener vigentes esos principios conflictivos. Enmarcada por el mar, recorrer sus playas es un paseo obligado por más de que visitemos Nova Scotia en pleno invierno. Aunque no sea para tomar sol, podemos conocer los museos náuticos y cada uno de sus puertos. El océano es el telón de fondo pero también hay ríos y lagos por doquier. Sin duda Nova Scotia es una tierra azul. La península baila al ritmo del jazz y se prepara para recibir a cada instante los más famosos espectáculos: teatro, cine, conciertos y exposiciones, que la convierten en un destino apto para cualquier época del año. Alquilar un auto resulta la mejor opción para explorarla. Las rutas son impecables y todo está muy bien indicado. Sólo es cuestión de relajarse y manejar dejándose maravillar por la naturaleza. Sin darnos cuenta, recorreremos kilómetros, atravesando sus bosques y dibujando los cursos de los ríos que la surcan. Es fácil llegar hasta la capital, Halifax, los fuertes coloniales o las reservas naturales. Las carreteras de la isla de Cape Breton son las dueñas de los paisajes más impresionantes. Los bosques se encargarán de transmitirnos sus más exóticos perfumes y nos invadirá la frescura de su aire puro. Pubs, restaurantes, negocios, museos, todo se combina en un escenario natural que nos maravilla. De día y de noche, Nova Scotia nos invita a divertirnos hasta el amanecer, conquistándonos con su sabor a salmón y a chocolate.
OTTAWA 
Ottawa es la ciudad principal del segundo país más grande del mundo y es también la capital más fría del hemisferio norte. Sin embargo, a pesar de su clima gélido y poco agradable, el turismo atrae cada año a 4 millones de visitantes. Por algo ha de ser. El gobierno canadiense se preocupó por invertir grandes cantidades de dinero para que Ottawa se convirtiera en una ciudad urbana de la que todo canadiense se sintiera orgulloso. La envidiada infraestructura también contempló la prioridad de hacer el clima un tanto menos duro para los viajeros, de manera que el frío no fuera un impedimento para llegar a estas latitudes canadienses. A todo el lujo de una ciudad cosmopolita se le suma la belleza natural de sus paisajes. Un escenario imponente hecho de bosques y de lagos, que se combina con su arquitectura gótica. Las gárgolas de sus edificios grises y las construcciones medievales llenan el ambiente de magnetismo y nos trasladan a un mundo sajón con rasgos franceses. El turista encuentra en esta ciudad lo más representativo de las culturas franco y anglo-canadienses. Ubicada al sudoeste de la provincia de Ontario, está rodeada por los ríos Ottawa y Rideau. Los cursos dividen la ciudad en Upper y Lower Town, separando dos zonas que impresionan por la oferta cultural, por sus museos y por sus edificios de peculiares terminaciones. Hay una gran cantidad de parques, que proporciona a nuestra vista un descanso de verde frente al blanco que domina el paisaje. En estas tierras, doscientos años atrás nacía un asentamiento británico. Recién en 1855 la reina Victoria le otorgó el estatuto de ciudad y fue rebautizada con el nombre con el cual la conocemos ahora. Algunas versiones lo atribuyen a que en este mismo lugar habría habitado la tribu indígena de los ottawa. Tres años más tarde, la reina convertía la ciudad en sede de las Provincias Unidas del Canadá y así daba sus primeros pasos firmes la capital del recién creado Dominio del Canadá.
QUEBEC 
Es uno de esos lugares mágicos que nunca envejecen pero que siempre lucen su traje de ciudad antigua. Sus tesoros históricos son custodiados por un cordón de montañas y descansan sobre las márgenes de un río. También se esconden entre bosques de encantos naturales o en las mágicas campiñas francesas que salpican las laderas. El conjunto es insuperable, y seguramente agradará a todo aquel que ame la historia, los paisajes otoñales y la cultura galesa. Quebec es una ciudad con vida propia. Como punto preeminente de la región francesa canadiense, ha reclamado varias veces su autonomía y cada tanto sorprende al mundo con sus gritos de libertad, que buscan concretar algún día una nación independiente. Quizá sea esta ambición lo que la ha coronado con rasgos tan diferentes de los de las otras ciudades canadienses que la han convertido en una visita obligada. Este mundo francoparlante de ninguna manera puede ser eclipsado por Montreal. Ciertamente, la lengua es el factor más relevante de diferenciación más relevante del resto del país pero, sin duda, el más interesante es el que tiene que ver con las tradiciones. Quebec es un mundo europeo en pleno continente americano. Haciendo honor a las costumbres francesas, las cuadras están repletas de restaurantes y bares, que jamás encontraremos vacíos. Los quebequenses también son artistas culinarios, y se esfuerzan por cuidar cada detalle en la preparación de pescados, dulces y chocolates. Sabores a quesos y a crêpes se mezclan con recetas nórdicas, que confunden nuestros paladares. Su territorio encierra un pasado fascinante. Sus ladrillos grises de ciudad amurallada nos insinúan historias épicas que se han sucedido detrás de las paredes, y así sus muros se convierten en testigos de la misteriosa riqueza por la cual Quebec ha sido declarada patrimonio de la humanidad. La historia se propaga a lo largo de las montañas, hasta el lugar donde veinticinco escalinatas unen la ladera mítica con la moderna. Más allá de que Quebec sea un gran museo o una pequeña Francia, es simplemente bella. Si la visitamos en invierno, sentiremos los helados vientos que dejan las calles desérticas, pero que nos van llevando hacia los más hermosos paisajes fríos. Y si llegamos en primavera, veremos una Quebec transformada por el tibio sol y por las tímidas flores, por un suave calor que lleva a su gente a abandonar los interiores para disfrutar por unas cortas semanas de un paisaje azul.
TORONTO 
Toronto, la ciudad más grande de Canadá, tiene un marcado pasado victoriano conservador. Es un lugar cosmopolita, centro financiero, comercial y cultural. Con respecto a esto último, cabe destacar que es el tercer centro más importante del mundo en lo referido a obras de teatro (después de Nueva York y Londres). Su herencia multicultural convive con un elegante urbanismo: es la misma Toronto la que alberga 80 grupos étnicos (que hablan más de 100 idiomas), y la que tiene casi 5000 restaurantes, cafés y tiendas finas, que muestran la arquitectura del futuro. Para los viajeros amantes de la cultura, la oferta es ilimitada y comprende museos, galerías, óperas, ballets y sinfonías. En los barrios que rodean el área céntrica de la ciudad, se yuxtaponen los antiguos estilos con lo más nuevo. No hay que alejarse mucho para descubrir verdaderas joyas arquitectónicas: la ciudad vieja muestra su nativa piedra gris y castaño, mientras que la parte nueva se viste con hormigón blanco ultramoderno y torres cóncavas. A mucho viajeros las playas les recuerdan a California por su paseo de madera a lo largo de la orilla del lago Ontario. Para ser una ciudad grande, es muy limpia y segura, además de un lugar agradable para ir como turista. Si París es para los amantes, Toronto es para los que les gusta caminar: es ideal explorarla a pie, de día o de noche.
VANCOUVER 
Entre el océano Pacífico y montañas nevadas se halla esta bellísima ciudad, mezcla de estilo inglés, tótems aborígenes, tradición oriental y arquitectura vanguardista. Distintos submundos en una misma ciudad; esto sí es negocio. Adornada con tulipanes multicolores y rodeada de bosques y glaciares, esta pequeña ciudad canadiense se caracteriza por su tranquilidad y quietud: no se oyen bocinazos ni ruidos de autos y tampoco hay smog. Da gusto caminar por sus calles sin estridencias en verano, cuando la temperatura es agradable. Vancouver está ubicada al sudoeste de la provincia de Columbia Británica, enfrente de la isla Vancouver, que se halla cerca del estado de Washington, en Estados Unidos. Es un importante puerto de la costa del Pacífico y el centro comercial, cultural y turístico de la provincia. Su área metropolitana es la tercera en extensión después de Toronto y Montreal. Una de las colonias más importantes que se instalaron en esta ciudad es la de la comunidad china. Todo comenzó en 1858, cuando la fiebre del oro deslumbró a muchos orientales que llegaron a estas costas ávidos de fortuna. Ya a fines del siglo XIX, arribaron cerca de 17.000 inmigrantes dispuestos a trabajar en la construcción del ferrocarril, pero como la oferta laboral no incluía el pasaje de vuelta, todos esos orientales debieron quedarse en estas nuevas tierras y allí formaron sus hogares. La ciudad guarda también el legado de sus primeros pobladores, la tribu salish, que con sus tradicionales tótems buscaban atraer las lluvias de verano. En la cima de la montaña Grouse se continúan realizando las ceremonias para el turismo, con sus danzas y comidas originales.
WINNIPEG 
Emerge desde los llanos del sur canadiense. Sus altos edificios se elevan desde la planicie de Manitoba hasta casi tocar el nublado cielo. Se trata de una ciudad cosmopolita dueña de una atmósfera multicultural. Su fuerza reside en la diversidad: norteamericanos, franceses, ingleses, ucranianos, chinos y, por supuesto, canadienses. Esta mezcla de razas, una gran variedad de ferias, restaurantes y centros culturales de cada una de las nacionalidades le dan ese sello tan particular. Su esplendor urbano se afianza con sus increíbles museos y con su ballet de renombre mundial. También alberga una orquesta sinfónica y teatros de primer nivel. Tanta sofisticación cobra vida en un terreno plano, que parece abrirse ante los visitantes como dispuesto a mostrar lo mejor que tiene. Por su geografía es un lugar fácil de recorrer, pero con un contenido lo suficientemente complicado como para resultar muy interesante. Las construcciones antiguas se entremezclan con los edificios más modernos, equilibrándose y dando por resultado una ciudad que a cada paso recrea su pasado pero que también nos conquista desde su perfil industrializado. Dos ríos la recorren, creando un paisaje de características diferentes en cada una de las riveras. Para internarse en el verdadero mundo de sus costas, hay que dejarse llevar por la corriente a bordo de algún barco, descubrir desde las propias aguas el ecosistema marítimo. No importa dónde fijemos nuestros ojos: siempre encontraremos bosques y más bosques, interrumpidos cada tanto por dunas blancas, ya que los lagos mueren en playas de arena clarísima. Semejante escenario natural enmarca la prosperidad de esta elegante ciudad.